Desde los 14 hasta los 20 años
Esta etapa la he dividido de esta forma porque fueron los años en donde se desarrolló mi enfermedad, una etapa en la cual no sabía que me pasaba ni por qué se producía todo lo que me ocurría. Una etapa que acabó con un gran cambio en mi vida, un cambio que desvió completamente mi rumbo y que gracias a ello, estoy ahora donde estoy.
Vamos allá...
Recuerdo aquel momento como si fuera hoy. Era agosto y yo estaba a punto de cumplir catorce años. Hablé con mi madre y le dije que quería hacer dieta porque necesitaba perder unos kilos. Así pues sin problemas mi madre comenzó a hacerme "comida de régimen" ( lo pongo entre comillas porque mi visión de una dieta sana dista bastante de lo que hacía entonces la verdad). Este régimen consistía en tomar casi todo hervido o a la plancha, ensaladitas, verduritas y demás. Carbohidratos cero. Pues bien la verdad es que aún me sorprendo de la fuerza de voluntad (y la inconsciencia, todo hay que decirlo) que tuve en esa época porque sin dietistas ni supervisión lo hice yo solita (algo impensable tiempo después). Me resulta también gracioso, que lo que me motivó a hacerlo fue "una promesa", sí una promesa. En mi familia siempre han sido todos muy muy religiosos y pensé que quizás haciendo una promesa no me quedaría más remedio que cumplirla y en esa ocasión me funcionó.
En un mes había adelgazado más de ocho kilos y estaba pletórica. Todo a mi alrededor estaba cambiando. Mi familia, la gente del instituto...todos me decían: "wow, que guapa estás, estás mas delgada". ¡¡¡Que sensación!!! por primera vez en mi vida la gente decía algo bueno, no me decían gorda. Me sentía emocionada... emocionada al probarme la ropa y ver que me quedaba grande, emocionada al escuchar palabras de mi padre diciendo: "que guapa estás hija".
Hasta ahí todo bien pero... esos kilos no eran suficientes. Yo quería perder muchos más. Y empecé a pensar cosas como: "ummm, si como menos, quizás adelgace más rápido y mucho más" así que empecé a hacer que comía delante de mi madre y luego le daba la comida al perro... o me enfadaba muchísimo con ella si echaba aceite al cocinar o si me ponía más comida de lo que yo pensaba que debía tomar. Cada vez fui comiendo menos y menos hasta que perdí unos 25 kilos.
Para ese entonces era diciembre y en mi familia, que por cierto es extremadamente golosa, se solían organizar cenas familiares cada fin de semana, en los que la comida en abundancia y el dulce eran los principales protagonistas. Yo lo pasaba realmente mal, porque no comía lo que ellos. Me preparaba mi verdura hervida y me la comía mientras miraba desconsolada lo que tomaban los demás. Recuerdo sentirme tremendamente enfadada y triste. Me preguntaba por qué ellos podían comer lo que querían y yo, con todo lo que había pasado, tenía encima que hacer un terrible esfuerzo por estar delgada. Me cambió mucho el humor. Siempre estaba enfadada y desganada (comiendo lo que comía lo que me extraña es que pudiese siquiera caminar!!).
Pero bueno, llegó el momento del 24 de diciembre. Esa fue la fecha que me puse de plazo para perder todos esos kilos que quería y a partir de ahí podría "llevar vida normal". Recuerdo la noche anterior emocionada al saber que al levantarme iba a probar esos turrones que tanto me gustaban e iba a probar la maravillosa comida de mi madre. Me reservé tres turrones para mi y otras cuantas cosas altamente calóricas que pretendía meterme entre pecho y espalda nada más levantarme
A las siete de la mañana ya estaba en pie y dispuesta a atacar sin piedad a todo alimento dulce que se topara en mi camino.
Recuerdo perfectamente el momento en que introduje ese trozo de turrón en mi boca, recuerdo la sensación de placer tan supremo que sentí y como se producía en mi interior una revolución tan increíble que hasta difícil se me hace describirla. Solo puedo deciros que no podía parar... y de hecho, no lo hice.
Comía, comía, comía y comía y pasaban cinco minutos y volvía a comer y como ya me daba vergüenza comer delante de los demás iba sigilosamente a la cocina y tomaba algo más. Era incontrolable. No podía evitarlo. Tanto comí que pillé una indigestión brutal y acabé vomitando toda la noche.
Ahí empezó mi pesadilla.
Durante los siguientes días seguí devorando sin cesar todo lo que encontraba a mi paso. No sabía que me pasaba, solo que no podía dejar de comer. Comencé a preocuparme porque sabía que así empezaría a ganar peso y no quería volver a estar gorda. Pero tampoco podía dejar de comer.
Para controlarlo comencé a pensar en alternativas. Pensé... "si como y luego lo vomito, tendré que quedarme igual". Y así lo hice. Cada vez que comía iba al baño y me provocaba el vómito. Pero eso hacía que volviera a tener más hambre y que a los cinco minutos volviera a comer. Y llegó un momento en el que el vómito no era suficiente y entré en la más absoluta desesperación. Lo que tanto intentaba evitar llegó y después de un mes, había recuperado todos los kilos. En un mes. Y cuántos más kilos ganaba, más deprimida me encontraba y menos entendía nada. La comida se convirtió en mi centro, en mi obsesión. Necesitaba comer a cada momento y para evitar que mi madre se diera cuenta intentaba dejar los paquetes de galletas que habían en casa colocados de la misma forma que estaban, o si comía directamente de la olla intentaba dejarlo todo exactamente igual (pero medio vacío, claro). Elaboré mis propias estrategias para comer sin que se dieran cuenta. Esperaba a estar sola en casa para atacar lo que fuera o me llevaba comida de más y la escondía en la habitación. Llegué incluso a hacer cosas tan duras y aberrantes como quitarle a mi madre dinero de la cartera para ir a comprar o esperar a que el resto de la familia terminara de comer y comerme sus sobras. Sí, hasta ese punto tan vergonzoso me llevó mi enfermedad.
También salía simulando que quedaba con amigas para ir a comprar bolsas de comida y las escondía en el armario para luego comerlo todo cuando estuviese sola.
Mi madre comenzó a ver que tenía comportamientos extraños. Que iba demasiadas veces a la cocina en silencio, que me encerraba en mi cuarto durante horas y que subía de peso como la espuma y la verdad es que no lo llevó del todo bien. La relación son mi madre se resintió mucho en esos años.
Entiendo perfectamente que si tu ves a tu hijo que tiene comportamientos raros y que no te habla y no sabes que le pasa te genere dolor y frustración. Pero en mi familia nunca se ha dado el diálogo, desafortunadamente. En mi familia se demuestra la preocupación con los reproches y los gritos... y eso complicó un poco más la situación.
Yo quiero a mi madre más que a nada en este mundo, y sé que ella a mi también y sé que sufrió mucho en esos años con mi enfermedad. Ahora lo veo claro todo. Pero si que creo que la actitud de los padres frente al problema es crucial para que la enfermedad sea o no más llevadera. Es necesario el diálogo, la comprensión, el apoyo, el amor. En mi caso no fue así porque para mis padres esto era algo desconocido y nuevo, algo que no entendían y yo tampoco fui una persona fácil, no se los puse fácil, no.
Mi madre por ejemplo, me decía cosas como: "¿te has visto?, has cogido peso, ¿que estás comiendo?", "¿no te da pena de tu madre que haya estado haciéndote comidas sanas para que tu vayas y lo tires todo por la borda?, "¡Mira que papada te ha salido!, con lo guapa que estabas". De repente llegaba del instituto y veía sobre la cama los papeles de la comida que escondía mientras mi madre, que tras registrar mi habitación los había descubierto, me miraba enfadada y desilusionada o me revisaba el bolso cada vez que entraba en casa para ver si llevaba algo de comida encima.
No sé cuantos gritos escuché,cuantos portazos, cuantas palabras de reproche... sólo sé que cada uno de ellos me destruía por dentro y me hundía más y más en la desesperación. No sólo no podía parar algo que era superior a mi, que destruía mi sueño de estar delgada sino que además hacía daño a mi familia. Me odiaba, me odiaba por todo ello. Me encerraba horas y horas en mi habitación llorando, viendo fotos mías de cuando estaba delgada y mirándome al espejo y repitiéndome una y otra vez palabras terribles... me odiaba, me odiaba con todas mis fuerzas y sobre todo me odiaba por hacerle daño a ella, a mi madre.
Así pasé un año y medio. Me refugié en los estudios e intentaba destacar y que se sintieran orgullosos de mi a través de ellos. Me convertí en una adolescente triste, que apenas salía con amigas y que se pasaba las tardes asomada a la ventana buscando respuestas a mi situación, soñando con que algo cambiase o encerrada en mi habitación llorando desesperada.Hacía promesas una y otra vez para ver si así podía volver a tener fuerzas para comer correctamente. Todo en vano.
Con casi dieciséis años le pedí a mi madre si podíamos ir a una nutricionista y comencé nuevamente con un nuevo plan de alimentación. EL saber que cada semana tenía que pesarme me dio la fuerza para ponerme a ello, porque no quería pasar por la vergüenza de llegar y pesar de más. Nada más ver las comidas que me ponían en el plan de alimentación ya pensaba de antemano que con eso no adelgazaría lo suficiente, que tendría que comer menos. Y así fue. Repetí lo mismo que en la vez anterior, pero mentía a la nutricionista diciéndole que tomaba todo lo que me indicaba. Me recomendaban dos platos y yo solo tomaba uno, nunca hacía meriendas o medias mañanas y eliminé radicalmente los carbohidratos.
Volví a adelgazar a la velocidad de la luz, pero esta vez sobrepasé los límites. Adelgacé treinta kilos y me quedé en los huesos. Lo peor de todo es que yo seguía viéndome gorda, todo lo que hacía no era suficiente, con lo cual comía menos y menos. Estuve así cuatro meses y los resultados fueron devastadores. Dejó de venirme el periodo, me salían moratones en el cuerpo por la falta de minerales y vitaminas, se me caía muchísimo el pelo, todo me dolía y hacer el mínimo esfuerzo físico me resultaba muy complicado. Aún así, no era suficiente... me seguía viendo gorda y seguía estando triste, deprimida y muy malhumorada. Nada me hacía feliz.
Cuando acabamos los cuatro meses, la nutricionista me puso un plan de mantenimiento, me comentó que una vez a la semana podía tomar algo que me apeteciera y que luego comiese sano para compensar.
Y volvió a pasar... en el momento en que introduje algo dulce en mi boca,se desencadenó nuevamente el caos. Sólo que, al haber estado en un extremo tan restrictivo, pasé al otro extremo, mucho más descontrolado que la vez anterior. Esta recaída fue muy dura porque caí en una depresión importante. Volvieron las disputas familiares, mis autocastigos, los atracones constantes y el posterior vómito. Todo ese huracán de sentimientos compensados y posterior decepción y culpa. En este tiempo dejé de salir con amigas, no contestaba a las llamadas de nadie y empecé por primera vez a tener pensamientos suicidas.
Recuerdo una tarde que discutí con mi madre. Se marchó enfadada y me quedé sola en casa. Recuerdo que absolutamente derrumbada y ahogada en el llanto fui directamente a la cocina y cogí un cuchillo y con él en la mano y con cientos de pensamientos en la cabeza y desbordada de emociones de repente, algo en mi, una voz interior, un "algo" me dijo... "no lo hagas, todo puede cambiar". Y lo guardé.
Doy gracias a "esa voz" a ese algo interior, a "eso" que en ese y en otros muchos momentos me ha recordado que sea fuerte, que no desista, que luche. Gracias a ella estoy aquí.
Y así fueron los años posteriores. Seguí haciendo dietas y dejándolas a los tres meses, dejando 30 kg, volviéndolos a coger. Oscilando de un extremo al otro sin encontrar un centro, un equilibrio.
Ya con dieciocho años decidí sincerarme con mis padres. Les pedí que por favor me ayudasen, que no estaba bien. Me costó mucho dar el paso y lo hice en una carta y se la entregué. Me sentía tan avergonzada que no era capaz de hablar con ellos cara a cara.
Decidieron llevarme a un psiquiatra, y cuando le conté mi problema me entregó una hoja llena de medicamentos, de antidepresivos que tenía que tomar. Ahí nuevamente "la voz" me dio un nuevo mensaje: "no tomes medicamentos, puedes hacerlo sin ellos"... y no volví a ese médico (no sabéis las veces que doy gracias de no haber continuado por ese camino... a saber como estaría hoy). Me llevaron en su lugar a n psicoterapeuta, a terapias grupales. Estuve yendo un año más o menos, pero nunca encontré mejoría. Si entendí que todo venía por sentimientos de abandono, de desamor y que provenía de mi infancia, pero faltaban cientos de piezas del puzzle, las cosas no me cuadraban y seguía sin entender demasiado que pasaba.
Para ese entonces acabé el instituto. Aprobé todo con buenos resultados y le comenté a mi padre mi deseo de irme a Madrid a estudiar a la universidad. Mi padre se negó en rotundo. Me comentó que no era posible porque no tenía dinero y que estudiara cualquier cosa en la universidad de nuestra ciudad. Eso me descuadró un poco porque la carrera que quería estudiar en ese entonces no se estudiaba allí, con lo cual tuve que elegir una que fuera en la línea de lo que estudié en el instituto. Duré seis meses. No paraba de suspender examen tras examen y para mi, una perfeccionista nata, eso era terrible.
Esto sumó aún más frustración a mi vida personal.
De repente me vi con casi 20 años completamente perdida. No sabía a dónde ir, que hacer, mi vida no tenía mucho sentido. Finalmente estudié un módulo de grado superior de turismo y lo terminé satisfactoriamente.
Al acabarlo hice las prácticas que me correspondían y... ahí le conocí a él...
Me siento tan reflejada con tu historia...que pareciera que la vuelvo a vivir....te sigo
ResponderEliminarHola Nancy, muchas gracias por tus mensajes. Gracias por dedicar parte de tu tiempo a leer mi blog. Será un placer tenerte por aquí :-)
ResponderEliminarUn gran abrazo!!